«De Crianzas y Soledades»

 

Martes 21:15 ,  habiendo arrancado el dia 5:50, la noche me encuentra volviendo de una reunión de padres en el colegio sobre alfabetización para primer grado.

En el asiento de atrás , mi hijo profundamente dormido. Sé que al llegar voy a tener la tarea de bajarlo del auto, intentar que suba la escalera para no tener que llevarlo a upa, lavarse los dientes y meterlo a la cama. Sin contar que en casa me esperan sus hermanos a los que también tengo que acostar, dar el beso de las buenas noches y, porque no, contar algún cuento.

Seguramente estarán los platos de la cena que preparé antes de irme y que calentaron en mi ausencia.

Sigo manejando y súbitamente me doy cuenta de la oscuridad a mi alrededor. Este camino que de día suele ser tan bello por los árboles y la vegetación; hoy me genera una sensación inmensa de soledad. Una soledad que me cala los huesos.

De repente me invade la angustia y surgen varias preguntas ¿Por qué estoy haciendo esto? ¿Vale “la pena” todo este sacrificio? ¿Es esto lo que quiero?

Creo que desde que migramos me acostumbré a sentir la soledad “de cerca”, a que me acompañe casi en el día a día pero hoy se hace más presente y más pesada que nunca.

Llego a casa, bajo del auto a mi hijo dormido. Por suerte reacciona y sube solo las escaleras. Acompaño a los demás a dormir, chequeo que vayan al baño y se laven los dientes. Les doy un beso y les deseo buenas noches.

Miro los platos sucios en la pileta de la cocina y me doy cuenta que todavía no cené. Agarro un plato limpio de la alacena, me sirvo algunos fideos que sobraron y los caliento en el microondas.

Ya la casa está en silencio y el nudo en el pecho vuelve a decir presente. Lo siento, me pregunto cuanto hace que esta ahí. Es de hoy? son varios días? Meses? Será que en la corrida del día a día no pude darme cuenta de como crecía?

Mientras me siento en el sillón con el plato de fideos, puedo escuchar la respiración profunda de mi hija en la habitación de al lado. Escucharla me tranquiliza.

Comienzo a tratar de imitar el ritmo de su respiración; buscando, quizás, disminuir esa sensación de angustia y soledad en el pecho.

Prendo la tele. Creo que hoy es una buena idea dejarme acompañar por alguna serie pochoclera. Antes de darle play, chequeo el despertador (no vaya a ser cosa que me quede dormida) y al activarlo, me avisa que faltan sólo 7 horas para que vuelva a sonar la alarma mañana 5:50 como lo hizo hoy. Faltan solo 7 horas para que otro día, casi igual a este, empiece otra vez.

Lo dejo a un costado y me acomodo en el sillón para dejarme envolver por la historia.

Al fin y al cabo mañana será otro día…